viernes, abril 21, 2006

Corte Adicto

Hay que perder la fe en el mundo para poder descubrir uno nuevo.


Podría abrazar de pronto la omnipresente obsesión de conseguir una digna y admirable meta; una obsesión socialmente aceptable, una buena obsesión: Subir de “estatus”. Podría caer en empecinarme con ello y vestir descaradamente mi mas palpable yo con aquel perfecto paradigma llamado “buen ciudadano”. Quizás yo arriesgaría mucho -e incluso todo- por alcanzar “estatus” si me lo propongo… Podría desterrar de mi vida el placentero ocio que ha evolucionado muy bien en mí durante muchos años de libre disposición de mi tiempo. Podría amarrarme a un horario de pensamientos y acciones mientras espero ansioso unas merecidas pero insuficientes y mal pagadas vacaciones para poder tomar un poco de aire y sobrevivir. Podría trazarme el objetivo “digno” de un joven “sano e inteligente” y resistir decenas de pequeñas y aburridas batallas contra mis propias visiones (desaprobables según cualquiera menos yo). Podría aprender, estudiar, conseguir una profesión con algo de esfuerzo extra; podría conseguir un trabajo demostrando mis capacidades de organización y mi predisposición a la sociabilidad y subir mi “estatus” Podría elevar el número de V.B. en mi lista de logros “personales”inexistentes para cualquiera solo para inflar e inflar mi flaco ego.




Pero yo no deseo elevar mi “estatus” porque no me siento perteneciente a uno; Soy un paria de la rutina gris y embustera del mundo. Un Caín con una ametralladora invisible en las manos listo para arrasar con su verdugo celestial.

Podría tomarme la molestia de pensar en el prójimo como alguien en quien confiar y a quien amar. Pero el prójimo es tan indeseable como yo, tan aburrido, soberbio y egoísta que es mejor mantenerlo a raya. Mejor es encerrarse en una burbuja y liberarse dentro de ella antes que mancharse el humor con el prójimo. Es mejor saber al prójimo como alguien a quien patear si se atraviesa en mi camino que pensar en que me abrazará y me hará sentir mejor… Es mejor encontrar en el prójimo alguien a quien amar como a uno mismo solo si este lo merece.

Algo de religiosidad y estúpida confianza en el orden establecido nos hará sentir un poco tranquilos. Asumir como razón de vida marchitas esperanzas de cambiar el mundo con reformas al sistema nos hará pertenecientes a lo anti. Un poco de revueltas cada cierto periodo para no perder la costumbre y sentirnos revolucionarios y transgresores, emular a un Marx, un Bakunnin o un Jesucristo para darle un sentido a nuestros clonados días de existencia. (Yo emulo, tú emulas, nosotros emulamos). Un poco de rebeldía contra cualquier límite -menos el propio- nos hace pertenecer a lo alternativo. Pero si no se tiene religión ni se cree que el mundo deba cambiar para sentirse bien con uno mismo entonces se convierte en alguien “negativo”. Si alguien participa solo de revueltas personales y no colectivas se convierte en un “apático. Si uno siente rebeldía hacia la rebeldía que solo busca reconocimiento para escabullirse en uno como un gusano hambriento de conciencias infrarrojas entonces es un “nihilista”. Siempre hay un nombre para lo que no encaja, siempre.

El mundo no merece cambiar si cada uno de sus “prodigiosos” habitantes no cambia su propio mundo. No existirá libertad ni justicia mientras no aceptemos que ella depende más de uno mismo que de la mega-mayoría. Si seguimos pensando en que “otro mundo es posible” sin quebrantar nuestros propios límites mentales y sensitivos para conseguirlo seguiremos siendo por siempre una gran bestia caníbal que desgarra su propia supervivencia con colmillos de conformismo.






Yo podría crecer en dirección al sol y respirar un poco de la paz que maquilla la frustración de los afortunados y alimentarme de las enfadadas esperanzas de aquellos idealistas que se prometen a si mismos y a los demás un nuevo mundo. Pero carezco de fe y de confianza en la humanidad…